El calendario colombiano tiene una memoria sangrienta que parece reactivarse con precisión matemática. Los hechos del 24 y 25 de abril no son solo una cifra negra en el historial de nuestra violencia; son el síntoma de una enfermedad profunda que padecemos como sociedad. Con más de 20 acciones violentas en un solo fin de semana, el país ha sido arrastrado de vuelta a un pasado que muchos, por conveniencia o trauma, prefirieron archivar en el olvido.
La moneda de cambio en las urnas
Resulta, cuanto menos, inquietante observar la exactitud con la que el caos se apodera del territorio nacional. Faltan escasos 35 días para que el país acuda a las urnas para elegir un nuevo presidente, y de repente, la violencia estalla con una naturaleza quirúrgica y desproporcionada. En la alta política, el pánico es el activo más valioso; el miedo es, históricamente, la divisa más rentable para comprar voluntades.
No es la primera vez que asistimos a este guion: una crisis de seguridad amplificada por los micrófonos, explotada en las fibras más sensibles de la ciudadanía y, finalmente, capitalizada por las maquinarias electorales. Por eso, la pregunta que nos asalta no debe ser la respuesta automática que el sistema espera de nosotros.
La memoria como escudo contra el engaño
La verdadera cuestión no es a quién beneficia este desastre. El interrogante de fondo es: ¿Qué tanto recordamos realmente de nuestra propia historia?
Llevamos décadas escuchando promesas de redención por parte de sectores que juraron exterminar la violencia y solo consiguieron multiplicarla.
En el camino, el pueblo fue reducido a «carne de cañón», a cifras de éxito que alimentaron egos y sostuvieron estructuras de poder, mientras la realidad escondía familias destrozadas y una justicia que todavía hoy camina a cuentagotas. Asistimos a un espectáculo patético de incoherencia. De un lado, quienes ayer hablaban de perdón y oportunidades para el delincuente, hoy se acomodan en discursos de extremo. Del otro, los que exaltan el patriotismo de enviar hijos ajenos a una guerra que ellos dirigen desde la comodidad de sus hogares. No hay nada menos heroico que sacrificar la vida del prójimo mientras la propia descendencia permanece a salvo de las balas.
El negocio del «Salvador»
La tragedia de este fin de semana es un ultraje a la decencia. Los ciudadanos han vuelto a ser convertidos en «daños colaterales» de una lucha de egos que perdió su conexión con la humanidad hace mucho tiempo.
En momentos de vulnerabilidad extrema, aparecen los encantadores de serpientes ofreciendo soluciones milagrosas. Prometen orden, mano firme y guerra si es necesario, sabiendo que una mente bloqueada por el terror busca desesperadamente un salvador. Pero la historia nos ha enseñado una lección amarga: quien necesita que el país arda para poder gobernarlo, nunca apagará el incendio. Esos sectores que hoy posan como héroes al rescate son, en muchos casos, los mismos que por incapacidad o complicidad histórica permitieron que el monstruo de la violencia creciera. Que esta ofensiva ocurra con esta intensidad justo ahora, en el clímax de la contienda política, nos obliga a detenernos y pensar. Raro, ¿no?
Dignidad frente al ruido
Más allá de las sospechas y las estrategias de campaña, hay una verdad que no admite discusión: las víctimas. Mientras los discursos se radicalizan y los candidatos se posicionan sobre el dolor ajeno, hay hogares colombianos enterrando a sus muertos. Ese dolor no tiene color político ni ideología; tiene nombres, rostros y ausencias irreparables.
El verdadero desafío de Colombia en estas elecciones no es simplemente marcar un tarjetón. El reto es recuperar la memoria colectiva para no dejarnos manipular una vez más. La verdadera seguridad no nace del miedo ni del mesianismo de un salvador de turno; nace del respeto absoluto por la vida.
Es hora de exigir responsabilidad, no protagonismo. Es hora de entender que la paz de un país no puede seguir siendo el botín de guerra de unos pocos.

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